Acerca de la historia de Lacoste

Publicado por el 18/11/2015

De alguien capaz de inventar en la década de los 30 una máquina que lance pelotas de tenis de manera automática, quizás sea un poco irónico destacar su paso a la posteridad por coser un cocodrilo en el pecho a un polo. Pero, por absurdo que suene, así fue y así es. René Lacoste es una de las personalidades más determinantes para entender el deporte blanco hoy en día. Espíritu inquieto, lo trasladó a la pista incluyendo innovaciones como la cinta para agarrar la raqueta o la máquina ya mencionada.

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Pero su paso a la posteridad se dio cuando, en 1926, inspirado en la tradición tenística inglesa, decide recortar las mangas de la camisa con la que jugaba para facilitar los movimientos. Con esa elección, nacía el polo. Ese mismo año, el francés aparecería en público con un blazer y un cocodrilo bordado en el bolsillo. Un guiño a su alias: Lacoste apuesta con el equipo de Francia para la Copa Davids que, si ganan un importante partido, le regalaría una maleta de piel de cocodrilo. La anécdota cobra trascendencia y René Lacoste sería conocido, a partir de entonces, por ese sobrenombre.

O no. En 1933, Lacoste comienza la producción industrial de su polo: el L.12.12. La L hacía referencia al apellido de su creador, Lacoste. El 1, para indicar el material (algodón piqué). El 2, la referencia para la fábrica para saber el número de mangas. Y 12, por el número de prototipo elegido por el francés. El material utilizado para este polo es el petit piqué, una textura transpirable –como una especie de malla– que facilita la comodidad y ligereza a la hora del juego. La creación de esta prenda, que marcaría el inicio de la marca como tal, fue obra conjunta con André Gillier. Y ese mismo año lanzan la primera campaña publicitaria de la marca. La pelota estaba en juego.

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El nacimiento del L.12.12 partía de una premisa: estilo y funcionalidad. ¿Quién dijo que una prenda estéticamente elegante y estandarte de la clase no podía ser técnica? Esa premisa guió a René Lacoste a lo largo de toda su vida y de las distintas funcionalidades que fue introduciendo, no sólo en el polo, si no en toda su gama de productos. La apuesta fue la acertada, y la prueba es que hoy, el polo Lacoste sigue impertérrito, casi sin variaciones en nuestros armarios.

En 1951, Lacoste introducía en su gama toda una paleta de colores, alejándose del blanco que da su nombre al deporte del tenis y, a la vez, acercando la marca a un público más juvenil. Esto no significó el abandonar la senda de la red y las raquetas: una década después, Lacoste patentaba el cuello de sus polos. Su ligereza y construcción permitía levantarse y mantenerse erguido para proteger del sol el cuello de los jugadores mientras permanecían en la pista.

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En los próximos años, Lacoste (tanto la marca como el propio tenista) seguiría engordando su oferta de producto con nuevas prendas, siempre bajo la inspiración tanto del mundo del tenis como de la estética que este deporte imprime a todo lo que toca. En 1966, el blazer que lucían los tenistas deja paso a una cazadora deportiva que seguía las mismas premisas: estilo y ligereza. Dos años después, salen al mercado la que todavía hoy es otra de sus líneas de negocio: las fragancias. Y en 1969 popularizaba el cárdigan, una de las prendas favoritas de Lacoste, como opción para dentro y fuera de las canchas. Además del polo-vestido femenino.

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Según avanza el tiempo, la marca va afianzando su relación con el mundo del tenis (por ejemplo, con patrocinios a Roland Garros que acaban dando lugar a colecciones limitadas inspiradas en este torneo) y hacia otras disciplinas con las que René Lacoste había tenido relación. Por ejemplo, su mujer y su hija fueron notorias golfistas. Y el golf ha sido otra de las constantes en la marca.

Ya entrados en los 80, la oferta Lacoste se multiplica: zapatillas, gafas de sol, más colonias, accesorios, relojes… Es la misma década en la que, por ejemplo, inicia su relación con Severiano Ballesteros, una de las figuras españolas del deporte más destacadas y embajador de la firma del cocodrilo. Una línea que define su actividad desde entonces: patrocinios a figuras deportivas y múltiples líneas de negocio. Siempre respetando el espíritu René Lacoste.

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Y en 2011, Lacoste lanza Lacoste L!VE, lo que en su momento fue una línea de producto y hoy es casi una submarca con tiendas propias. Recogiendo ese espíritu de clasicismo y modernidad, lo lleva un paso adelante con colecciones más urbanas o incluso gamberras. Una irreverencia que le ha servido para instalarse como una alternativa en la escena de la moda urbana, al ofrecer un producto contemporáneo pero, a la vez, bajo los cánones de la marca madre. Sus básicos como hoodies o polos reinterpretados bajo ese prisma desenfadado (con variaciones del logo, prints originales o colaboraciones con artistas) son una opción para todos los que no encuentran su hueco ni en el lado más extremo de la moda ni en el más convencional.

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Quizás ese sea su savoir-faire. Ser una marca capaz de mantener su identidad durante más de 80 años, a la vez que consigue ir cautivando a nuevas y nuevas generaciones de consumidores. Y todo ello respetando siempre ese mix de elegancia atemporal y modernidad.

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