Conversaciones: Eloy Martínez de la Pera

Publicado por el 14/06/2019 en Entrevistas

 

Resulta que el streetwear se ha convertido en la gallina de los huevos de oro a la hora de cortejar al consumidor millennial. Las casas históricas de la moda se han enterado y últimamente se dedican —casi por completo— a hacer macarradas. Burberry, que había cesado de producir gran parte de las prendas con el Check porque los chavs (los ‘canis’ ingleses) se habían apropiado de él, ha puesto a Riccardo Tisci al mando de todo y ha repoblado sus colecciones de cuadros, gorras y referencias a una cultura de la que hace nada se quería alejar. El board de Louis Vuitton ha decidido que su último director creativo sea Virgil Abloh, un ingeniero civil que hace diez años era estilista de Kanye West. Donatella, a su vez, se ha juntado este año con Kith, una de las tiendas responsables del ‘boom’ de las sneakers, para lanzar una colección tan estridente que le hubiera encantado a Notorious B.I.G.

Balenciaga va ganando la carrera. En 2015 los del grupo Kering le dieron vía libre a Demna Gvasalia, el rey georgiano del anti-fashion, para que hiciese, básicamente, lo que quisiera. Desde entonces no han parado de hacerse virales: crocs de plataforma, zapatos ortopédicos, bolsas del Ikea, editoriales locas, gorras que parecen del top manta… Pero hay algo que muchos de sus nuevos compradores no saben: antes de Balenciaga hay un nombre. Un nombre español.

Cristóbal Balenciaga nace en Getaria (Guipúzcoa) en 1895, hijo de un matrimonio humilde entre un marinero y una costurera. Su madre cose en casa de los marqueses y se lo lleva con ella a trabajar de vez en cuando. Allí, la marquesa descubre el enorme talento del niño y decide dejarle uno de sus vestidos y un trozo de tela para que se lo copie. El resultado le sorprende tanto que decide apoyarlo para que se forme y cree su marca. El resto es historia.

 


Balenciaga F/W 1967

 

El urban high fashion actual le debe mucho a Cristóbal Balenciaga. El rupturismo de Virgil Abloh, de Demna Gvasalia, de Heron Preston… bebe directamente de la manera en que Balenciaga, en los años cincuenta, rompe la silueta femenina tradicional y crea una mucho más urbana para las mujeres que entran en la vida pública después de la Segunda Guerra Mundial. Y todo esto quizá no hubiera pasado si en el palacio que Cristóbal visitaba de niño no hubiera una colección de arte impresionante. Los marqueses adornaban sus paredes con cuadros de Velázquez, de Goya, de El Greco… obras maestras de la pintura española que crearon una honda impresión en la sensibilidad del niño y que acompañaron los procesos creativos del adulto.

En la búsqueda formal que el couturier persiguió toda su vida, siempre retornaba a los símbolos, los vestidos y las paletas de los grandes maestros de la historia de la pintura española. Y este verano hay una exposición para celebrarlo.

Entre el 18 de junio y el 22 de septiembre de 2019, el Museo Thyssen-Bornemisza alojará ‘Balenciaga y la pintura española’, una exposición en la que los vestidos originales de Balenciaga conviven con las obras de nuestra tradición que los inspiraron.

Nos encontramos con Eloy Martínez de la Pera, el comisario, en la puerta del museo un rato antes del horario de apertura. Nos da un paseo por el ala superior y charlamos un rato sobre la exposición, la importancia de la moda en la historia del arte, sus recuerdos personales con Hubert de Givenchy y sus últimas compras. Se emociona cuando menciona las obras que enhebran la exposición.

 

 

Por empezar por algún lado, nos gustaría que te introdujeses.

Soy Eloy Martínez de la Pera, comisario de exposiciones. Mis últimos trabajos vinculan la moda con la pintura. La intención es mostrar las complicidades entre disciplinas que reflejan los trabajos de los creativos.

 

En el pasado reciente has comisariado exposiciones sobre Givenchy y Paco Rabanne, que se formaron con Balenciaga. También un monográfico sobre Sorolla y la moda. ¿Encuentras continuidad entre esta exposición y tus trabajos previos?

Claro. Cuando comisario una exposición vinculada a la moda me gusta que quede patente el referente artístico. Con Givenchy me vinculé a su afán como coleccionista, que le había llegado de sus padres y de sus abuelos, y que cultivó hasta el final de sus días. Con Paco Rabanne, la relación vino dada por otras disciplinas artísticas: el cine, la pintura… y sobre todo la fotografía de moda, que es gracias a lo que él entra en contacto con los artistas de detrás de la cámara. Con Sorolla quise mostrar que detrás de sus retratos hubo una lectura muy fina del cambio en la moda finisecular de la Belle Époque a los Roaring Twenties.

En el fondo todas son exposiciones donde buscaba decir que en la historia del arte siempre ha habido moda. Y eso queda claro en ‘Balenciaga y la pintura española’, porque las piezas del couturier dialogan con cuadros de Zurbarán, de Velázquez, de Pantoja de la Cruz… que a su vez eran excelentes estilistas y excelentes diseñadores de moda.

Los grandes pintores no se conformaban con reflejar técnicamente los tejidos que vestían las cortes europeas de entonces, sino que iban más allá, haciendo de sus cuadros casi un catálogo, casi una editorial de moda como las que tenemos en las revistas de los quioscos millennials (risas).

 

De entre las conversaciones entre los vestidos únicos y los óleos de los maestros, ¿cuál es tu favorita?

Creo que es importante que la exposición comience con los cuadros que estaban en la casa que Balenciaga visitaba cuando tenía cinco, seis, y siete años. Pero si tuviera que quedarme con una referencia en esta exposición, la encuentro en los monjes de Zurbarán. Con ellos Cristóbal, observando, se da cuenta de que con dos costuras, con la más sencilla de las sastrerías… se pueden crear los hábitos más bellos. La eliminación crea la elegancia. Es una de las frases que parece que vertebran esta exposición: la elegancia es eliminación. Y en los monjes de Zurbarán siento muy cerca a Cristóbal Balenciaga. Aunque también le siento cerca cuando veo los volúmenes y los colores de El Greco, que fue lo que más impresionó al epicentro de la moda en París cuando llegó Cristóbal en 1936.

 

 

¿Qué criterios has seguido a la hora de seleccionar las piezas?

Mi ambición era que la exposición fuese única por la fuerza de los cuadros que pudieron ser fuente de inspiración para el couturier. Quería recrear una pinacoteca en el sentido más estricto: sesenta obras maestras de la historia de la pintura, que han venido de más de veinte instituciones públicas y privadas: de la Fundación Casa de Alba, el Museo Lázaro Galiano, el Museo Cerralbo, el Museo del Prado, el Museo Thyssen…

Una vez que tuve los cuadros, fue fundamental revisar los archivos de Cristóbal Balenciaga y también las colecciones privadas de las grandes clientas que tenían prendas que nunca se habían expuesto. Gracias a ellas, esta muestra cuenta con más de treinta piezas inéditas.

 

¿Debemos considerar a Balenciaga un maestro más? ¿Es la moda una más de las Bellas Artes?

Ni todo cuadro es arte ni toda pieza de indumentaria es obra de arte, pero si hay algún modista que merece estar dentro de los museos como artista en lo más pleno del término ese es Cristóbal Balenciaga. Y no lo dice el comisario de su exposición: estuvo de acuerdo Dior, lo estuvo Chanel, lo estuvo Givenchy, lo estuvo Rabanne… Si hay alguien que fue grande entre los grandes, incluso entre sus contemporáneos, ese fue Cristóbal Balenciaga.

Realmente creo que contamos con el lujo de tener al Velázquez de la moda en nuestro museo. Sobre todo porque fue capaz de conseguir algo muy difícil de casar: beber de la antigüedad y del clasicismo para crear algunas de las siluetas más rompedoras y más influyentes para la alta costura de nuestros días. El vestido túnica, el vestido baby dollel vestido globo… Balenciaga transformó la silueta para llegar al periodo minimalista de los sesenta del que luego han bebido grandes diseñadores contemporáneos como Dries van Noten, la propia Miuccia Prada, Junya Watanabe… Balenciaga fue rupturista cuando no había rupturistas, millennial cuando no había millennials, trendsetter cuando no había trendsetting

 

 

Balenciaga era un personaje bastante reservado… ¿Te has encontrado con algún dato personal que te haya impactado durante el proceso de documentación?

Las personas que le fueron cercanas hablan de que le gustaba vivir, dar cenas, estar con sus amigos… le encantaba disfrutar de la belleza.

Yo trabajé ocho años con Hubert de Givenchy y le tuve muy presente en mi vida. Y en mis charlas con él, me di cuenta de lo leal y de lo generoso que fue Cristóbal Balenciaga con la gente que le rodeó. Apoyó a Hubert de Givenchy para que lanzara su marca, para que lanzara sus perfumes… apoyó a Madame Vionnet y a Madame Grès… Nunca tuvo un solo reparo en dar su apoyo a lo que podríamos interpretar como competencia, porque consideraba que estaban transformado el mundo con su costura, haciéndolo más bello, y así haciéndonos más felices a todos y cada uno de nosotros.

 

Cuéntanos un poco más acerca de la relación entre Hubert de Givenchy y Cristóbal Balenciaga.

Para Hubert, Balenciaga era una religión. Cuando te hablaba de cómo trabajaba, de lo honesto que fue con su creatividad, de lo honesto que fue con su trabajo como modisto… se emocionaba.

En mi texto para el catálogo escribo acerca de ese perfeccionismo del que todo el mundo habla. Algunos autores defienden que lo tomó de Madame Vionnet, de Paquin… de las grandes diseñadoras de principios del s. xx, pero yo creo que no. Yo creo que lo copió de su madre. Porque su madre fue la que le enseñó que cuando hacía un ojal, fuese para un vestido de noche o fuese para la bata del personal de servicio, tenía que ser perfecto. Creo firmemente que esa búsqueda de la perfección en hacer hasta un ojal fue lo que hizo de Cristóbal Balenciaga el más grande de entre los grandes.

 

 

Nos definimos a través de las prendas que escogemos y entablamos conversaciones con los demás cuando salimos a la calle. ¿Qué valores comunica la moda de Balenciaga?

Para mí Balenciaga es el reflejo del más elegante rupturismo que ha habido en la historia de la moda. Supo romper todos los cánones sin perder nunca un ápice de elegancia, de vanguardia y de percepción, no solamente con los tejidos que trabajó, sino sobre todo con las siluetas que fue capaz de romper.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Dior llega con el New Look, pero Balenciaga es capaz de separar el corte de la cintura y de crear el vestido túnica, el vestido saco, el vestido baby doll… Con ellos rompe la silueta femenina hasta dar en el minimalismo más puro de sus vestidos de los años sesenta. Vistos desde nuestros días, bien podrían ser piezas de las que se hacen con tejidos tecnológicos en cualquiera de las escuelas de moda contemporáneas.

 

¿Y qué te parece lo que está pasando con las grandes maisons y, especialmente, con la casa Balenciaga? Las bolsas del Ikea y las sneakers gigantes se inspiran bastante poco en los vestidos de los Austrias…

Entiendo que la moda tiene que que tener una vinculación aspiracional: puedes inspirarte en la calle y la calle se puede inspirar en la creación de los maestros. Hay grandes diseñadores que han sabido utilizar los dos sentidos de la creatividad.

Pero veo poco de Cristóbal en mucha de la creación actual de Balenciaga. Sí que hay rupturismo, que fue un valor central para la creación del vasco, pero el resultado es muy diferente. Balenciaga shockeó a la sociedad francesa y a la moda internacional sin buscarlo: no quería llamar la atención rompiendo de manera explícita, sino que rompiendo, llamó la atención. Y es ahí donde yo creo que la creación de la maison Balenciaga de los años cuarenta difiere de la creación de la maison Balenciaga actual.

 

En una entrevista has dicho que el arte, muchas veces, se encarga de tensar los límites de la realidad: ¿Crees que es lo que hacen creativos como Tisci, Abloh o Gvasalia?

Sí, y por eso respeto mucho sus creaciones. Creo que tensan enormemente sus obras para tensar la moda y así tensar un poco la sociedad. Lo que yo siempre pongo en tela de juicio es su intencionalidad, pero creo que Tisci, cuando estaba en Givenchy, lo hacía de una manera inconsciente: su creación le llevaba a tensar los límites sin buscarlo, y ahí es donde radico su genialidad. Creo que Abloh tensa los límites sin buscarlo, y por eso me parece genial. Me cuesta mucho más cuando detrás de una prenda shockante huelo ese elemento comercial.

 

 

¿Quién es tu diseñador contemporáneo favorito?

Soy muy fan de Jonathan Anderson. Me apasionan los creadores que aman la creación anterior a ellos. Cuando ves la pasión con la que habla del Arts & Crafts Victoriano, del Art Decó, del Art Noveau… o cuando ves el homenaje que hace constantemente a la artesanía mediante su trabajo… no te puede no gustar.

Me encantan los diseñadores que son capaces de encontrar inspiración en las creaciones artísticas ajenas y previas a ellos, porque en el fondo radica un elemento de humildad. Balenciaga lo tuvo. Fue muy humilde y muy consciente de lo que otros artistas podían inspirarle a la hora de hacer grandes obras. No me gustan los que creen que pueden crear desde la soledad, sin conversar con las corrientes de las que todos participamos.

Un poco por lo mismo, también admiro mucho a Clare Waight Keller. Las últimas colecciones que está haciendo para Givenchy, teniendo en cuenta no sólo los archivos sino también lo que inspiró a Hubert… son increíbles. Sus referencias al arte casi monocromático de Rothko o de Malévich… el modo en que las toma y las traslada a sus colecciones… es impresionante.

 

¿Has hecho alguna adquisición últimamente de la que te sientas particularmente satisfecho?

Pues estoy muy orgulloso de la última compra que hice: el esmoquin de Clare Waight Keller para Givenchy. También de la camisa de Dior que llevo puesta hoy: me encantan las prendas con historia reinterpretadas por diseñadores contemporáneos.

 

Y por último: ¿qué es lo mejor que te llevas de todo este proceso de preparación?

Si puedo destacar algo es que hay un elemento mágico en Balenciaga. Todos los que han entrado a formar parte del proyecto han sido seducidos por su creación: CP Works, Javi Díaz, Jon Cazenabe, las restauradoras, los escenógrafos… Lo que me llevo de esta exposición es que el hechizo que sintieron las editoras de moda de Harper’s Bazaar, de Vogue y de Elle cuando conocieron a Balenciaga en el París de los años 30, se mantiene. Nos ha hechizado a todos. Nos ha llevado a pensar los límites de nuestros oficios.

 

Qué maravilla. Muchísimas gracias, Eloy.

 

 

‘Balenciaga y la pintura española’ estará en el Museo Thyssen del 18 de junio al 22 de septiembre de 2019. Podéis ver el ‘Making of’ aquí.

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