Conversaciones: LeonKa

Publicado por el 20/12/2018 en Entrevistas

LeonKa, o Kafre, es un doctor en Filosofía, artista plástico, tatuador y muralista que comenzó su trayectoria artística en 1991. En su obra integra conceptos y cuestiones ontológicas con una estética extremadamente personal, que construye a partir del empleo de tablas alfabéticas, figuras, símbolos y esquemas que evocan la tradición filosófico-teológica. LeonKa se inspira en las formas de los jeroglíficos del antiguo Egipto, en las cerámicas griegas y del Barroco, encontrando sus referentes en el mundo de la filosofía y de la ciencia, más que entre los artistas plásticos.

Para representar la dicotomía obscuridad/luz, LeonKa reduce la paleta de los colores a las tonalidades del negro y oro con la intención de iluminar y arrojar luz a algo que está en el fondo. En cada obra trata diferentes temas propios de la metafísica (como la distinción entre cosas y artefacto, la relación entre parte y todo, la perseverancia de los objetos a través del tiempo), de la geometría o de la física, come el modelo atómico de Schrödinger o el de Bohr. En algunos trabajos, el artista también recurre a rascar paredes de cal blancas, anteriormente pintadas, con piedras cerámicas, destornillador o cuchillo, queriendo “traer a la presencia aquello que de suyo no pudo ser manifestado y que subyace a toda cosa”.

Nacido en Barcelona en 1980, LeonKa fue componente del grupo ONG (junto a Zosen, Skum, Debens, Romà, Pez, entre otros) hasta la disolución del grupo alrededor del 2004. Se doctoró en filosofía en la UB con una tesis sobre la dependencia ontológica. Actualmente trabaja como tatuador y este año pintó en el CCCB el mural de entrada en la exposición colectiva “La Luz Negra”. Su obra fue también expuesta en una exhibición individual en San José, California, en la Galería Anno Domini. Ha dibujado la portada del libro de David Carrigan, cubiertas de disco y hasta joyería.

Hola LeonKa, háblanos un poco de los comienzos de tu trayectoria artística.

La obsesión por los números llegó a estar tan presente que desde los 7 años leía las matrículas de los coches compulsivamente e intentaba encontrar un algoritmo que redujera los números y las letras a un sólo número. Si encontraba el algoritmo, intentaba memorizarlo y ver si esa secuencia de números y letras podía recordarla recordando el algoritmo. La frustración de no encontrar algún algoritmo para toda matrícula y no poder recordarlo tuvo la consecuencia de que me fijara en las firmas que había en la calle. Me interesó la no legilibilidad inicial y su desciframiento. Cuando me familiaricé suficientemente bien con ese tipo de escritura, comencé a hacerlo yo a mediados de 1991.

 

¿Y cómo fue que empezaste a relacionar tus estudios filosóficos a tu afición artística?

En referencia a la combinación de estudios y afición artística, una de las posibles combinaciones puede hacerse trayendo a colación las diversas crisis conceptuales, artísticas y personales que he ido teniendo. A los 7 años de edad comencé a tener crisis conceptuales debidas en parte a mi imposibilidad de presentar pruebas convincentes acerca de la inexistencia de Dios y los problemas que se seguían de la existencia o no-existencia de los números. A finales de los años 90 tuve varias crisis artísticas que me hicieron cambiar diferentes estilos y experimentar con materiales y contenidos.

Hubo unos años en los que mi labor artística se redujo y comencé a dedicarme exclusivamente a la filosofía teórica. En el primer año de carrera, coincidiendo con una de mis crisis personales y artísticas, unos de mis profesores dibujó planetas, epiciclos, deferentes y ecuantes durante unas de sus clases, para explicar la cosmología aristotélico-ptolemaica. La pizarra era un conjunto de círculos con letras. Conceptualmente tenía significado y era, además, estéticamente atractivo. Fue así que mis apuntes de clase pasaron a convertirse en mi obra pictórica.

Tal y como comentas, habrás sido un niño interesante con el que hablar. ¿Tienes otras anécdotas sobre tu infancia? 

A los 4 años de edad me obsesionaba saber a quién podía ganar en una pelea con la intención de defender a mis amigos y familiares. Para ello calculaba probabilidades de peso, altura, agilidad y agresividad. Posteriormente ponía a prueba mis resultados. La consecuencia fue que los psicólogos del colegio me prohibieron hacer deportes grupales y de contacto por la agresividad mostrada.

De pequeño también destacaba en el colegio en diversas asignaturas. Recuerdo pedir que me examinaran de alguna lectura de calidad, en lugar de la lectura recomendada para adolescentes. Específicamente, llegué a solicitar que me examinarán de ‘La Divina Comedia’ de Dante en vez de la lectura recomendada: ‘Tots el detectius es diuen Flanagan’.

Recuerdo que a los 7 u 8 años, obsesionado con los números, me puse delante del profesor y le pedí que me explicara qué propiedad tenía el número 12. El profesor me miró con cara de extrañeza. Y yo le expliqué que el 12 era un número curioso. Tenía como divisores el 1, 2, 3, 4, 6 y el mismo 12. Era un número pequeño con muchos divisores. Además se empleaba en nuestro calendario, 12 meses. Y lo empleamos en el cálculo horario, en dos secciones de 12 horas, etcétera. El profesor no supo decir nada relevante y se limitó a escribirme las tablas de multiplicar.

“Para que exista el día, tiene que haber la noche”, se lee en tu entrevista con El Mundo. ¿A esta idea se debe la reducción de tu paleta de colores a dorado y negro?

No hay una única razón por la cual mi paleta de colores se redujo a la actual: dorado sobre negro. Lo que muchos denominan “la oscuridad de mis obras” se debe en parte a que durante mucho tiempo la idea de terminar de una vez por todas tanto de lo que hacía como de quien era fue una constante. No tolerar determinaciones fijas, o sea, no autodeterminarme con cualidades del tipo «soy de tal o cual manera» sin posibilidad de ser «de tal otra manera» me llevó a exacerbar mis irresoluciones y mis desequilibrios, pero también a formar juicios sobre la realidad en los que mis inclinaciones o intereses no influían substancial o exclusivamente en su formación. Si consideramos que «determinar algo» es decir «que algo es de tal manera», en ese fenómeno de de-terminar, lo que hace es recortar figura de un dominio mayor, dar término, poner límites. Cuando uno rechaza o se libera de esos “recortes” lo que pretende es que se haga presente ese espacio de indeterminación, de indecisión, de ausencia de contenido empírico, y por ende, de trascendentalidad.

A ese espacio de indeterminación, a ese fondo, en el cual caben unas u otras cosas, unas u otras determinaciones, unos u otros cursos de acción, pero no siendo ello mismo cosa, determinación o acción, se le hace corresponder, en mi universo simbólico, el color negro. Por otro lado, el dorado es el color que asocio a la luz, en el sentido de iluminación. La cual agrupa tanto el sentido de estar inclinado al conocimiento como reconocer que ese conocimiento te guía en su formación de juicios, determinaciones o cursos de acción.

Así, en suma, si el color negro se asocia a la indeterminación, a lo absoluto, al lugar en que no hay figura, en el que no hay juicio o toma de decisión, el color dorado se asocia a formar juicio, a seguir un curso de acción o no seguirlo basado en razones o conocimientos.

Y los símbolos, ¿cómo de importante son en tu trabajo?

Lo que motiva principalmente el uso de símbolos es la labor que hay tras la invención y creación de las diferentes semejanzas y funciones entre cosas y sus correlatos semánticos/simbólicos. Nótese que hay diferentes sistemas simbólicos, de entre ellos el sistema del lenguaje natural. De acuerdo con una particular teoría del significado, la referencia de un término singular como «Marco Aurelio» o «este lápiz» selecciona cierta entidad, a saber, la entidad referida por los términos. Entre ambas, entre la expresión y el correlato semántico (o sea, la entidad referida) no hay relación de semejanza. Como tampoco la hay entre una expresión predicativa como «ser dorado» y el conjunto de individuos que caen bajo la expresión. En algunos de nuestros sistemas no-lingüísticos como el pictórico, el tipo de interpretación requerida (si alguna) varía si el interpretando es un icono o un símbolo. Así, un retrato de X es un icono de X. Entre una cosa y otra hay una relación de semejanza, de significado, una relación de «estar por». En cambio, en los símbolos su referencia no se correlaciona normalmente con un ámbito referencial, no hay una correlación natural ni inmediata, a veces ni siquiera de semejanza. En muchos casos su referencia viene determinada por regularidades ampliamente observadas por un conjunto de sujetos o por acuerdos puesto de manifiesto, inter alia. Así, por ejemplo, la imagen pictórica de una bisagra o gozne es empleada en mi universo simbólico como símbolo de «ser». En tanto que el verbo «ser» como verbo copulativo, tiene la función de cópula, de nexo, de articulación de un sujeto con un predicado. Y la bisagra o gozne tiene asimismo la función de articular dos entidades separadas, usualmente, siendo una de ellas una entidad fija y la otra móvil.

 

Desde tu perspectiva: ¿muros o lienzos? 

La posible respuesta que podría dar no muestra (o al menos no lo parece) un excesivo interés. Actualmente, han ido convergiendo mucho la técnica y el contenido. De modo que, el resultado es bastante parecido tanto en un muro que en un cuadro.

Cambiando un poco de tema, hace dos años empezaste a trabajar como tatuador…

El tatuaje tiene obviamente repercusiones tanto en el estilo como en el contenido. En referencia al estilo, éste debe adaptarse a la técnica, y los diseños deben ajustarse a la anatomía humana.  Por otro lado, los contenidos, puesto que están destinados al público en general, se han popularizado en gran medida.

 

Arte, filosofía y ciencia. ¿Quiénes son tus referentes? 

Mis inspiraciones caen preferentemente del lado teórico. En condiciones normales dedico parte de mi tiempo a consideraciones de tipo especulativo-abstracto que posteriormente empleo para llevarlas a nivel plástico. Si se me fuerza a dar ejemplos concretos podría decir el libro o las ilustraciones de la ‘Dióptrica’ escrito por Descartes acerca de la óptica. Las ilustraciones de los artilugios, instrumentos, experimentos de Athanasuis Kircher o el libro ‘De Occulta Philosophia’ de Agrippa.

En fin, ¿tendrás algunas novedades para contarnos?

Presento en breve un anillo hecho en colaboración con el orfebre Adrià de Dirty Rats. Quizá este año próximo volveré a hacer una exposición individual en San José (California) en la galería Anno Domini. Y estoy trabajando en un libro de monogramas filosóficos en el cual se plasmará el trabajo de mi propio universo simbólico y su explicitación. No obstante, esto ultimo no es tan inminente como lo anterior puesto que es mi intención hacer una explicación rigurosa de las imágenes y temas que aquellas tratan.

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